Diego Chavo Fucks

Diego Chavo Fucks

Me llamo Diego Fucks, pero me dicen Chavo. Soy periodista de medios gráficos, radiales y televisivos desde 1982 y mi especialidad es el fútbol. Me encontras en: TELEVISIÓN Conductor de Tarde Redonda por FOX SPORTS de Lunes a Viernes de 17hs a 19hs. Columnista de 90 Minutos de Futbol por FOX SPORTS de Lunes a Viernes de 13 a 15hs RADIO Conductor de Rezo Por Vos de Radio Nacional AM 870 y Nacional Folklorica FM 98.7 de Lunes a Viernes de 9 a 12hs. LIBROS Eliminatorias 98, un camino largo y sinuoso (1997) Editorial Alfaguara El Libro de Boca (1999) Editorial Alfaguara El Libro de River (1999) Editorial Alfaguara Duelo de Guapos (2005) Distal Libros y Pensado Para Televisión. Tévez, La verdadera historia (2016) Ediciones B. Jugados (2000) EUDEBA -coautor- Esta página la he creado para que podamos comunicarnos mas asiduamente, para poder compartir mi trabajo con vos y que podamos, vos y yo, disfrutarlo. Podes opinar, sugerir y hacer consultas desde aquí. ¡Gracias por estar… una vez mas!

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20 de abril de 2021

En el país de Maradona, no hay camisetas de clubes extranjeros –salvo la del Nápoli, claro está– el día del último adiós. Su país no es un país de mierda. Es un país que necesita que lo quieran, que tiene gente viviendo mal, pero a la que hay que darle ilusión y felicidad. Diego les dio felicidad e ilusión. Ningún otro les dio tanta esperanza como le dio él. Para Maradona, no hay países inviables. Sólo hay gente que necesita respeto por sus íconos, gente que quiere dejar una flor o una lágrima sobre una tapa de madera, debajo de la cual está el tipo –acaso el único– que les dio la idea, a veces cercana, a veces lejana, de que las cosas podrían ir hacia el lado correcto, que en el medio no hubiera gente interfiriendo el mensaje con cuestiones de segundo orden, señoras mirando con odio de clase como malas profesoras ojeando a alumnos a los que no puede dominar.

Maradona quería que lo quisieran“, dijo el Negro Enrique en Fútbol 90, por ESPN 2. Algo tan sencillo y tan humano como eso. Se fue aislado y solo, como lo decidió la secta que dijo cuidarlo. Fueron tan sagaces que hasta se consiguieron un doctor con nombre y apellido futbolero. Pero lo rompieron todo. Le cortaron los canales de comunicación con la gente que lo quiere bien, con los que lo amamos. Y, también, le mostraron a “la gente“, esa que no pone condiciones para el amor y a la que nadie entiende ni atiende y sigue juzgando y a la que la policía corre a gases y bastonazos, una caricatura de Maradona. La secta lo exhibió contra la voluntad de Maradona y la de todos los que lo amamos, pero era la voluntad del poder y los negocios. Era el cumpleaños 60 de Diego, 30 de octubre de 2020, una fecha importante como para dejar de ganar dinero. Incluso, en Instagram: en el mismo instante en el que Diego era operado de un hematoma subdural en una clínica, aparecía un posteo que anunciaba la salida de los “Cigarros Maradona. Fue tan vil y tan espantosa la muestra de insensibilidad para con el tipo más sensible de todos nosotros, que nunca más publicaron nada. Eran perros de presa persiguiendo el dinero. Nadie habla acá de filantropía. Hablamos de un descuido esencial de la salud de Maradona. Lo dejaron solo, lo aislaron mientras hacían negocios. La Justicia, la historia y el desprecio social son las primeras opciones que se me ocurren para ellos. Que sus vidas se conviertan en un inmenso delivery, que no puedan pisar un supermercado chino.

La pintura más exacta de lo que es el país de Maradona la dio el look de esa multitud reunida en torno a la Plaza de Mayo, el 26 de noviembre, en el incomprensiblemente corto velatorio del ídolo popular más extraordinario que dio la Argentina: no había camisetas del Barcelona, ni del PSG ni de la Juventus ni ninguna de esas modernidades globalizadas. Estaba el de Newell’s, el de Central, el de Unión, el de Talleres, el de Racing, el de Dock Sud, el de Laferrere. Diego es fútbol argentino, puro y duro. Por eso, era más feliz en Gimnasia, en las mañanas de Estancia Chica que entre los palacios de Las Mil y una Noches de Dubai. Estaba pleno entre los sudados jugadores del Lobo. Con los de turbante no había afecto, sólo negocios. Maradona estaba pletórico el día que su Gimnasia ganó por primera vez, a Godoy Cruz en Mendoza. Le enseñó al paraguayo Víctor Ayala –como alguna vez al mismísimo Messi– que para que un tiro libre vaya a donde uno quiere, “hay que envolver la pelota con el pie“. Ayala clavó un golazo poniendo el pie como una imaginaria hoz y lo fue a abrazar. Diego se levantó del banco con esa felicidad que sólo él es capaz de transmitir y abrazó a “su” jugador. Porque Diego es desmesurado hasta para ser feliz. Ese desvanecimiento y renuncia del Gallego Méndez es pura devoción. Es probable que el entrañable Gallego hiciera la sintonía fina del equipo. Gimnasia mejoró desde que llegaron Maradona y Mendez. Puede ganar o perder, pero lo mejoraron. “El que labura en serio es el Gallego“, dicen tipos para quienes la sensibilidad o la comprensión de los fenómenos populares es una lejana estación perdida en medio del desierto. Para un futbolista, la mirada, la palabra, la seña o el grito de Diego es palabra santa. Y para Diego, el pasto, la cancha, el cielo, el sol, los futbolistas, eran un motor que, perfectamente, podía mantenerlo vivo. Ni eso le dejaron. Obviamente, el Gallego Mendez, por edad, incluso, es quien se ocupa de las cuestiones tácticas y estratégicas en su parte más amplia. Pero Diego fue el que marcó al pibe José Paradela en un entrenamiento, por ejemplo. Ahora Gimnasia lo quiere vender en un dinero importante.

Pero este es sólo el último tramo de su vida. Es una pintura final de un recorrido único y maravilloso, con oscuros pasajes privados y con tres vidas vividas en sólo 60 años. Maradona fue un líder desmesurado, único e inigualable, juglar de nuestra cultura popular que llevó a niveles extraordinarios su generosidad y su modestia. Capaz de tocarle la puerta a Pedro Damián Monzón para evitar que se suicide por no encontrar más sentido a su vida, capaz de ir a buscar al Burrito Ortega cuando la adicción lo estaba alejando de los lugares en los que podía salvarse. El país de Maradona es un país lleno de entrega, como la de esas familias enteras que hicieron una interminable fila para solamente dejar una flor o una camiseta o un recuerdo personal sobre el ataúd del tipo que más partes de su alma les dio. Ni siquiera la despreciable presencia cercana de la barra brava de Boca puede tapar ese amor, a pesar de que comunicadores de prestigio dudoso se queden con la anécdota y no hurguen en cuestiones más de fondo. ¿No se preguntan por qué Maradona llega a cada rincón del mundo?

No se consigue esa devoción y ese respeto unánime de colegas y la gente más humilde sólo por jugar bien al fútbol o por tener vínculos con la barra (Maradona los tenía, sería tan absurdo negarlo como comenzar una crónica de estas por ahí). Ese respeto y esa devoción tampoco elude sus miserias, esas que sus enemigos muestran todo el tiempo porque odian las amores de la mayoría. A las miserias se las conoce, se las absorbe y se las supera, para ir por sus maravillas, por sus humanidades — que incluyen, justamente, aquellas miserias– y por su alma, sólo entregada a la gente humilde, a la gente de su rango inicial, jamás al poder real y preestablecido. Es cierto que tuvo contradicciones, que hoy te odia y mañana te ama, pero su denominador común siempre fue la lucha contra los poderosos y la empatía para los que menos tienen. Siempre. Y esos que menos tienen, hicieron horas y horas de fila para darle su última ofrenda. Los del poder real, lo vieron por TV y escribieron tuits. No mucho más que eso. Demasiado poco para tanto amor de pueblo. En ese adiós, los únicos poderosos fueron los gobernantes de turno. Tampoco estuvieron los de la banda que lo rodeó sobre el final ni oportunistas que hasta consiguieron trabajo gracias a Diego. Lo que piensan los poderosos de Diego podemos leerlo en las notas principales de los diarios que les llegan. Haberse enfrentado a ellos tuvo y todavía, aún después de muerto, tiene sus consecuencias. Diego siempre lo supo y jamás lo importó. Se lo hicieron pagar y no lo acobardaron. Lo acompañaron sus viejos gladiadores del 86 y 90, Claudia, Dalma, Giannina y unos pocos más. O sea, en su última morada estuvieron quienes le dieron felicidad posible, la del beso, la del corazón, la de la palabra y el abrazo.

Uno podría pensar que el país de Maradona tiene problemas y cuestiones de fondo que resolver. Es cierto, lo vemos y lo sabemos, nada se escapa. Pero El País de Maradona es maravilloso porque es el de la esperanza, el de los sueños cumplidos, en el que a veces se le puede ganar a los que ganan siempre. Los habitantes del país de Maradona no fallaron: son el 90 por ciento de los que estuvieron esperando –muchos, inútilmente– que les permitieran los 15 segundos sagrados para despedir a Diego.

Esa gente de ese país, es la que nos emociona y nos tiene al borde del llanto a cada paso. Es la que explica que Diego Armando Maradona vivirá por siempre en el alma de cada uno de nosotros. Ahí también habrá que entenderlo o dejarlo. No se puede entender el amor de la gente ni el unánime respeto de sus pares sin saber que hay un país y un mundo diferente al que nos cuentan o al que odian y le dicen “mierda” o “inviable”. Maradona nos dio vida aquí, entre los nuestros. Diego se fue al cielo desde nuestro suelo, a mirarnos desde una estrella bien alta.

Jamás nos dejará solos.