LA FIESTA DE RIQUELME Y PALERMO

MARTÍN. Jugó un rato y fue el gran protagonista de una noche inolvidable. Hizo el tercer gol casi caminando. Esa noche, reapareció tras seis meses de ausencia.

MARTÍN. Jugó un rato y fue el gran protagonista de una noche inolvidable. Hizo el tercer gol casi caminando. Esa noche, reapareció tras seis meses de ausencia.

 

24 DE MAYO DE 2000

BOCA 3 – RIVER 0

El General Perón decía, en la década del ‘70: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Unidos no estamos, porque la brecha entre ricos y pobres, en este año 2000, es de una magnitud jamás imaginada. Y nos encuentra dominados. Dominados por el poder financiero, a través de una deuda externa impresionante, que creció durante la década del ’90. En el gobierno de Carlos Menem, un peso valía un dólar. Para mantener estos valores, hubo que pedir prestado. La deuda se fue a cifras incalculables y, ahora, hay vencimientos que nadie sabe cómo se pagarán.
La dominación también tiene que ver con el hambre y la desocupación que arrasan a más de la mitad de la población, justamente, como derivado de las políticas económicas de los ’90.
Menem es hincha de River, aunque ya no es el presidente. Ahora tenemos como presidente a Fernando de la Rúa, que es hincha de Boca. Es raro, no tiene la sangre caliente ni la pasión de los boquenses. Al contrario, siempre parece dormido, siempre parece estar en un limbo. Debe ser encantador vivir así, pero este hombre es el presidente. Y su limbo, su babia, la pagamos todos. Porque a la lentitud histórica de los radicales, este le puso una especie de freno de mano. Y su gobierno funciona con absoluta ineficacia. Deberíamos decir que no funciona, en realidad. Quedaría mejor, se adaptaría más a lo que pasa en el esperado y famoso año 2000.

El 2000 tiene a Boca y River en los Cuartos de Final de la Copa Libertadores de América. Es la revancha de un partido de ida que River ganó 2 a 1 hace una semana en el Monumental, con goles de Angel, un tiro libre maestro de Riquelme y una definición estupenda de Javier Saviola. River tiene varios lesionados y Gallego arma el equipo como puede. Pero comete un error. Se tienta con la ventaja que obtuvo en el primer choque y pone a dos defensores en la mitad de la cancha. Gustavo Lombardi es lateral derecho, en la Bombonera va a jugar de volante de ese lado. Eduardo Berizzo es segundo marcador central, ahora va a ser el “cinco”. Atrás de ellos, estarán Bonano en el arco, Leonardo Ramos –habitualmente zaguero central—como lateral derecho, Trotta, el colombiano Yepes y Diego Placente por la izquierda. El volante zurdo será Víctor Zapata y arriba, las tres joyas millonarias de la actualidad: Aimar como enganche y la doble punta que forman Angel y Saviola.
Boca replanteó todo, después de la derrota en Núñez. No los apellidos del equipo, porque Bianchi repetirá a diez de los once y el único cambio está referido a la lesión de Basualdo. Pero sí revisaron la actitud. En el primer partido, Boca trabajó bien el primer tiempo y no pudo ni supo levantar el golpe que River le asestó con el gol de Saviola apenas comenzado el complemento.
De la histórica formación de Bianchi, faltan dos jugadores fundamentales. Mauricio Serna fue operado en el verano de su rodilla derecha. Se esforzó durante todo este medio año para recuperarse. Estuvo en el gimnasio primero, después en los entrenamientos con el kinesiólogo Rubén Araguas. “Si Boca pasa a River y llega a semifinales, voy a estar”, dijo Chicho. Pero en la mañana del lunes 22, dos días antes de la revancha en Cuartos contra River, a Serna le dolió el alma. “Desgarro”, dijo el médico. Y chau a la Copa Libertadores. Los 21 días de recuperación que necesita esa lesión son una eternidad. No llega. Chicho no encuentra consuelo en ninguna parte.
Distinto es el caso de Martín Palermo. Vivió una situación increíble el año pasado, el 13 de noviembre de 1999. Ese día, Boca jugó contra Colón en Santa Fe. Toda la prensa estaba pendiente de Palermo porque podía convertir su gol número 100 en el fútbol profesional. Poco antes de la media hora del primer tiempo, sobre la izquierda del área grande del cuadro santafesino, Palermo disputa una pelota, su rodilla derecha se dobla contra la naturaleza, hace un gesto de dolor. Pero sigue y mete el esperado gol 100. Boca pasa a ganar 1 a 0, aunque Martín es reemplazado por Cristian Giménez. Al día siguiente, el diagnóstico es el imaginado: rotura de ligamento cruzado, la lesión más temida por los futbolistas. Porque de allí viene una operación y una recuperación larga y tediosa.
Esta recuperación, con el tiempo adecuado y el tedio lógico, Palermo ya la hizo. El 23 de mayo, Bianchi anuncia que Palermo estará en el banco de suplentes. Del otro lado, en una conferencia de prensa, Gallego opina con liviandad: “De Boca no me preocupa nada. Y otra cosa: Si ellos ponen a Palermo en el banco, yo lo pongo a Enzo (por Francescoli, retirado hace tres años), así que no hay problema”. Los periodistas lo tomaron como una humorada y rieron. En Boca cayó como una bomba y, lejos de voltearlos, les retempló el ánimo. Si River llega a perder, será lo primero que le enrostren.
En la mañana del 24 de mayo de 2000, el día de la revancha contra River, Martín va a la habitación de Bianchi. “Carlos, yo quiero jugar de entrada…”, le ruega. “Vamos a ver…”, es la respuesta del entrenador. No se anima a decirle que no porque lo respeta, porque Bianchi pasó por la misma situación y porque ahora, como entrenador, tiene que pensar en el equipo por encima de un jugador, por importante que este sea. Palermo es el goleador de este equipo, es el que le pone el broche al genio de Riquelme. Es un futbolista que se hizo goleador porque perdió el miedo al ridículo. Le pega como puede, desde donde puede. Y casi siempre es gol. Ahora lleva seis meses y medio sin pisar una cancha.

Bianchi, razonablemente, lo lleva al banco, tal como lo había previsto. El titular será Alfredo David Moreno, un santiagueño que llegó desde Dock Sud y que, en esta Copa Libertadores, batió un record al convertir cinco de los seis goles con los que Boca le ganó al Blooming de Bolivia 6 a 1 en la Primera Ronda. Esa noche, la del 22 de marzo, Bianchi paró a los periodistas ávidos de poner en el Olimpo a Moreno diciendo “ojo, que se los hizo al Blooming, ¿eh? No al Real Madrid”. El técnico tuvo razón, porque Moreno sólo metió un gol más que esos cinco, recién un mes y medio más tarde, contra El Nacional de Ecuador (ganó Boca 5 a 3).
El resto, lo conocido. Córdoba al arco, Ibarra, Bermúdez, Samuel, Arruabarrena, Julio Marchant –el reemplazante de Basualdo—Traverso (otro marcador central convertido en volante), Gustavo Barros Schelotto, Riquelme, el Chelo Delgado y Moreno.

La versión internacional de Boca – River está en marcha, con Angel Sánchez como árbitro, que no es garantía de eficiencia. Esto queda claro apenas comenzado, cuando Yepes le hace un foul penal clarísimo a Gustavo Barros Schelotto y él decide no cobrarlo. Era penal y expulsión del defensor de River por último recurso. El juez comete un error capital. Si Boca no gana esta noche, Sánchez tendrá mucho que ver. Enseguida, River tiene una chance estupenda. Leo Ramos mete un pelotazo largo que, aparentemente, Samuel va a dominar con comodidad. Pero falla y detrás está Angel. Cuando el colombiano de River resuelve el remate, Córdoba ya está encima y le tapa el bombazo. El otro arquero, para no ser menos, también gana un mano a mano. Un pase fenomenal de Riquelme deja solo al Chelo Delgado y, a diferencia de Angel, la quiere picar. Bonano se lo impide poniéndole el pecho.
El partido tiene a Riquelme a plena luz. El problema de Boca –que es el que corre con el gasto por su desventaja—es que muchas veces elige el equivocado camino del pelotazo frontal (en especial, de Samuel) y no tiene a Gustavo Barros Schelotto ni a Moreno en una buena noche. Las dos jugadas que generó el cuadro de Bianchi –la del penal no cobrado y la del mano a mano de Delgado con Bonano—fueron posibles cuando Román manejó la pelota y la pudo jugar por abajo.
River está cómodo así. Tiene en la cancha a seis defensores que se equivocaron poco, que no cometieron faltas en las cercanías del área para no sufrir con los lanzamientos de Riquelme. Pero esta legión de defensores que River tiene en la cancha aisla a Aimar y con él, a Angel y Saviola. River casi no tiene chances de llegar hasta Oscar Córdoba. Pablito Aimar no está en una buena noche. Sus imprecisiones desperdician un par de contraataques sobre el final del primer tiempo, cuando Víctor Zapata –otro que labura mucho en la recuperación—surca la banda izquierda en busca de pelotas que jamás llegan. Para colmo, Leo Ramos se lesiona. Lo reemplaza un lateral de oficio, Ariel Franco. El primer tiempo se va sin goles. Boca sabe que a Riquelme hay que acompañarlo y que con eso va a ganar. River sólo piensa en el maldito reloj y en la desgracia de que, también hoy, un minuto dura sesenta segundos y no menos.

THE WALL. Juan Pablo Angel intenta llevar adelante uno de los pocos ataques de River. Gallego decidió especular con la ventaja de la apretada victoria en el partido de ida y equivocó todo, planteo, táctica, estrategia y elección de jugadores. Samuel, en cambio, estaba muy afirmado en la zaga junto a Bermúdez y, poco después, se iría al futbol europeo.

THE WALL. Juan Pablo Angel intenta llevar adelante uno de los pocos ataques de River. Gallego decidió especular con la ventaja de la apretada victoria en el partido de ida y equivocó todo, planteo, táctica, estrategia y elección de jugadores. Samuel, en cambio, estaba muy afirmado en la zaga junto a Bermúdez y, poco después, se iría al futbol europeo.

La última mitad lo muestra más suelto a Boca. Bianchi no hace cambios, Gallego tampoco. Es lógico, el técnico de Boca no acostumbra a traer modificaciones tácticas desde el vestuario y el entrenador de River tiene un resultado que lo pone en semifinales. Un tiro del Chelo Delgado se va apenas alto, una trepada de Ariel Franco termina en un centro bajo y cruzado al que no llega Angel a medio metro de la línea de gol. Boca fue, pero River respondió. Bianchi le ordena a Palermo que se levante y empiece a calentar. La sola presencia de Martín en un costado de la cancha, aún sin participar del partido, levanta a los hinchas de Boca y preocupa a los de River.
A los catorce minutos, la historia del partido vira hacia su destino final. Riquelme está en la izquierda y allí la recibe. Comienza a cerrarse y al levantar la cabeza, lo ve a Delgado libre en la derecha, sin camisetas de River próximas a su posición. El centro no es centro. Es un pase alto de veinticinco metros. Lo tira con la justeza que sólo Román puede darle. Es tan exacto que supera al salto de Yepes y a la salida a destiempo de Bonano. Delgado sólo le pone el pie. La pelota va hacia el arco vacío. Es gol de Boca. Delgado grita, Bianchi grita, Riquelme grita. La Bombonera se rompe en un alarido que es más desahogo que disfrute. Ya habrá tiempo.
Primero tenemos un silencio del lado xeneize. Zapata arranca como wing izquierdo, se la da a Saviola, el Pibito se la devuelve y un rebote accidental en Bermúdez deja a Zapata solo con Córdoba. El volante millonario le da con toda la fuerza que le permite el pique que hizo para llegar hasta el área rival. Córdoba, arrodillado, saca el remate con su mano derecha sobre el primer palo. Es la atajada del partido. Después, cuando se gana, pocos se acuerdan de estas cosas, pero esta salvada del arquero colombiano de Boca es decisiva.
Bianchi decide que es hora de Palermo. El técnico llama al goleador y le dice al oído: “Yo ya pasé por esto. Entrá y hacé un gol” (N. De la R.: Bianchi sufrió la triple fractura de su pierna derecha en 1974, cuando jugaba para el Reims de Francia contra el Barcelona y tardó casi un año en volver. Curiosamente, el jugador que le provocó esa lesión se llamaba Gallego). Después le da un beso, una palmada en el glúteo derecho y a la cancha. Van treinta y dos del segundo tiempo. Martín reemplaza a Moreno. Todos creemos que el estadio se derrumbará. Pero no se derrumba. Queda en pie para ver a Boca. Y para ver cómo Gallego muestra su intención con la entrada de Guillermo Pereyra, volante defensivo, por Aimar. Ya había sido amonestado Bonano por demorar. El 0-1 lleva el partido a los penales. Es muy pobre como ambición para River. Por lo general, esto se paga con la derrota.
Boca lo mete contra su arco. O River se mete solo o las dos cosas, no está claro. Bonano saca del ángulo un remate impresionante de Delgado. River empieza a pagar carísimo el alto precio de su fútbol de ambición cortita, cuando Trotta detiene a Battaglia con foul dentro del área. Es un penal infantil, pero los penales no tienen calificación, son o no son. Faltan seis minutos para que River se lleve una de las cosas que vino a buscar, un premio consuelo. Riquelme no está en una noche de errores. Al contrario, está lúcido como nunca. Ese penal lo clava en el ángulo superior izquierdo de Bonano, que se fue de viaje para el otro lado. El estadio es una locura. Ahora es Boca el que está en la Semifinal de la Copa Libertadores, sin necesidad de pasar por los penales.
River está derrotado, aún cuando todavía queda tiempo por jugar. Su fútbol ausente y un equipo lleno de defensores lo convierten en impotente. Lombardi está amonestado e igual corta una embestida del Negro Ibarra con un foul fuerte. Sánchez le muestra la segunda amarilla y lo expulsa.
Riquelme está imparable. Le hace a Yepes uno de los caños más extraordinarios de la historia. El defensor millonario lo aprieta contra la raya del lateral derecho del ataque de Boca y Román, de espaldas, se la pasa entre las piernas con una suave pisada y sale por detrás como si fuera un potrillito trotando en un campo lleno de flores. Y Riquelme, además, se da tiempo para darle a Palermo lo que Palermo y Bianchi soñaron la noche anterior. Ya se juega el cuarto minuto adicionado por el juez. Román la tiene contra la raya opuesta a la del caño a Yepes. Berizzo va con todo y Román le mete un túnel a Berizzo también. Esta vez, el lujo es para dar un pase. Battaglia llega como un avión, toma el pase del “10”, entra al área y llega al fondo. En River no marca nadie, ya. Palermo está en el punto penal. Con absoluta libertad, Battaglia da el pase y, en similar contexto, Palermo recibe la pelota. Tiene tanto tiempo para resolver que, primero, piensa en abrirla a la derecha para Marchant, que, por supuesto, también está solo. Pero se arrepiente. Quiere toda la gloria en su retorno. De River, sólo se oponen tímidamente Bonano, Yepes, Zapata y Franco. El resto, está entregado. Palermo toca suavemente a la derecha de Bonano, abajo, para que sea inalcanzable. Es 3 a 0. Es el pase a la Semifinal de la Copa Libertadores de América. Y, sobre todo, es el cierre con el gol de Palermo. Ya no hay más partido. Ahora hay fiesta. Palermo todavía festeja. Se abraza con el querido kinesiólogo Rubén Araguas, después con Bianchi, más tarde con sus compañeros y finalmente, agradece a Dios por lo que está viviendo. Y no para de llorar, mientras sus compañeros lo llevan en andas.

De la Rúa estaba mirando el partido en la Quinta Presidencial de Olivos, pero se pierde el caño de Riquelme y la locura que desata Palermo. Se quedó dormido hace como veinte minutos…

 

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