ARGENTINA ES UN EQUIPO DESQUICIADO

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LOS CUATRO MARCADOS. Los niveles individuales no son buenos, sobre todo los de Agüero e Higuaín. Messi estuvo bien tomado y Di María quedó solo. Irán complicó a la Argentina y la Argentina fue complicándose sola con el paso del tiempo y el resultado 0-0 retumbando como martillazos en las cabezas de los jugadores.

 

No hay muchos recuerdos del fútbol de Irán. Apenas un empate 1-1 el 22 de marzo de 1977 en el estadio Santiago Bernabeu, mientras la Selección de Menotti se preparaba para el Mundial de Argentina del año siguiente. El motivo fue un torneo – celebración del aniversario 75 del Real Madrid. Otro recuerdo más o menos nítido del fútbol iraní podría ser su paso por la Copa del Mundo de 1978. Y en la actualidad, tampoco sabemos demasiado.

Sin embargo, los años pasaron y algunas cosas cambiaron. El fútbol de Irán no se convirtió en potencia ni mucho menos, pero los niveles de información, de capacidad física y de conocimientos de los fundamentos del juego, se esparcen con una velocidad que asusta. A tal punto llega ese nivel de información que la Federación Iraní de Fútbol llegó hasta la puerta de Carlos Queiroz.

Queiroz fue dos veces técnico de la Selección de Portugal, dos veces técnico del Manchester United –Ferguson era en realidad un manager–, técnico del Real Madrid y entrenador de las Selecciones de Emiratos Arabes y Sudáfrica con trabajos interesantes y que, sin dudas, Irán pretendió repetir. Las cosas fueron bastante bien: Irán volvió a jugar un Mundial.

Cuando desde la Argentina y argentinos aquí en Brasil destilaban la misma soberbia –pariente muy cercana de la ignorancia y la desinformación– que nos llevó, por ejemplo, a desastres como el de 1958 (“Somos los mejores”, “Somos Argentina, los rivales no importan”, “Tenemos que hacerles 5″, “¿En Irán juegan al fútbol?” y sandeces por el estilo), Queiroz preparó su plan para jugar contra Argentina en silencio y haciendo declaraciones de ocasión, tales como “Sería un milagro si ganamos”, “Es el partido más importante de la historia del fútbol de Irán”. Ningún partido se gana antes de jugarlo, por menos historia y más débil que parezca el adversario. Parece una frase de compromiso. No lo es. En este tiempo de tanta y tanta información, todos han mejorado. Irán también.

Sabella decidió que, esta vez, el equipo que entrara a la cancha lo hiciera como supuestamente le gusta a Messi y a él no. Romero, Zabaleta, Fede Fernández, Garay, Rojo; Gago, Mascherano; Messi, Di María; Agüero, Higuaín. Es un equipo temible, si la pelota la tiene Argentina y el rival le juega a cara descubierta, cambiándole golpe por golpe. También es temible si las 4 guitarras suenan en perfecta armonía, si todo está donde tiene que estar. El problema es que Irán le presentó un partido que es la antítesis de todos estos ambientes amables que la Selección necesita para establecer condiciones. Nada nuevo, nada extraordinario. Se supo lógicamente inferior, conocen a los nuestros por verlos por televisión cada fin de semana y decidieron armar un partido especial, con una formación y un esquema de juego que, tal vez, sólo le haya servido en este agradable mediodía de Belo Horizonte. Armó gran presión por los costados para cubrirse de Di María, marca escalonada a Messi y mucha, pero mucha fricción en el medio, ahí donde Gago y Mascherano se manejaron bien sólo los primeros veinte minutos de partido.

Antes del partido, pensé y dije que el peor rival de la Argentina iba a ser la Argentina. Lo pensé y lo dije basado en que Argentina es el que carga con la chapa de grande y que Irán nada tenía para perder. Si ganaban los nuestros, era lo que tenía que pasar. Un empate o, mucho más, una derrota saldrían en todas las tapas de diarios y portales del mundo y en nuestro país la clavada de puñales y las sentencias finales y las descalificaciones estarían a la orden del día.

En los partidos entre un equipo con historia, grande, candidato y con presión y un cuadro chico, sin demasiado para perder, el trámite del Mineirao se ha repetido por miles. Un ejemplo local podría ser los partidos de Independiente por la B Nacional. Fueron todos iguales, sobre todo los partidos que jugó contra los cuadros más modestos. Arranque furioso, pérdida de un par de ocasiones en el inicio, declive en el rendimiento, segundos tiempos muy malos, pases errados que aumentan a medida que avanza el partido, rival chico que se agranda y le genera sustos grandes.Esto está dicho salvando las distancias y sabiendo que Independiente no tiene a ningún Messi ni nada parecido. Sólo está citado para entender la caida vertiginosa de rendimiento del equipo argentino en el segundo tiempo. Es así: a medida que el tiempo pasa y el resultado no se consigue, las piernas empiezan a pesar y las ideas se borronean. El caso de Gago es el más claro: hizo un buen primer tiempo, acaso haya sido el único de los del medio que erró pocos pases y entendió que el negocio estaba por afuera, fue el único que dio un pase gol (a Higuaín, 12 minutos del primer tiempo, tapó el arquero Haghighi). En el segundo tiempo, Gago entró en la locura general y todo ese bagaje de pelota con pase y concepto que tiene su mejor versión, se vio sepultada por un cúmulo de imprecisiones que fueron letales para el funcionamiento argentino.

El plan de Irán funcionó a la perfección hasta el minuto 90. No se distrajo un segundo, fue rápido para salir de contraataque y puso mano a mano al volante izquierdo Shojaei con Zabaleta. El baile que el iraní le dio al lateral del Manchester City es una cita obligada cuando se hable de las desventajas de jugar con “los 4″. 

En suma: Argentina es un equipo peligrosamente desequilibrado. Cuando las cosas no están donde deben, cuando los planetas no están alineados como se supone que deben estar, cuando algo está corrido del lugar que estaba cuando éramos felices, Argentina es un equipo desquiciado, sin control, inofensivo, poco solidario, sin volantes que recuperen rápido la pelota para ponerla en poder de los nuestros otra vez. Argentina tal vez sepa jugar contra otro grande porque va a dejarle espacios, porque va a jugarle mano a mano. Pero son los menos. Hay más “iranes” en el camino de Argentina. Y Argentina tiene a Higuaín desesperadamente falto de fútbol, sin reacción, a Agüero que pareció despertar de su extenso letargo en los primeros diez minutos pero que después se fue para nunca más volver. Argentina tiene a Di María chocando e intentando jugadas de Patoruzú porque lo dejan sin opciones. Ni siquiera Messi se presentó como opción.  Rojo hizo un buen partido porque fue el único que entendió que para vulnerar a un equipo de esas características había que doblar el ataque por afuera, hacerle el viejo y querido 2-1 al lateral y obligar al peligroso volante derecho a jugar defensivamente.

Criticar a Irán porque “se metió atrás” es atrasar 50 años. Irán hizo el partido que le convenía y si no fuera por Romero, hasta hubiese convertido algún gol. El segundo tiempo de Irán fue mejor que el primero, porque su disciplina, su fortaleza física y su empeño exasperaron hasta al propio Messi. El 10 argentino es el mejor del mundo, pero cuando no encuentra la vuelta, cuando quiere pasar una y otra vez por lugares imposibles, cuando se acerca en el rendimiento a su peor versión, el equipo reacciona en consecuencia, no lo ayuda, no acude a socorrerlo. Es un equipo diseñado a su imagen y semejanza. Cambia de acuerdo a sus humores. La reacción de Messi a situaciones adversas es el empacamiento, el enojo sin rebeldía. Las riendas las tiomó Di María, que es un enorme jugador, pero que no es Messi, no tiene la claridad del 10.

Argentina tiene que revisar ese módulo de juego. El 4-3-3 (o 4-2-2-2) es un esquema que necesita de elementos que, por ahora, el equipo no tiene. Necesita indefectiblemente que Higuaín, Agüero, Di María, Messi y Gago estén en el techo de su rendimiento. No está ocurriendo. Y estamos en problemas. Ya escribí acá que Higuaín y Gago, por ejemplo, no tienen reemplazo mano a mano, ninguno de los que están afuera podría ocupar sus lugares con las mismas características. Agüero no encuentra su lugar. Está disperso. Se entregó mansamente a la marca iraní y terminó jugando (mal) de wing izquierdo –primer tiempo– y wing derecho –segundo tiempo–. Ese no es el Kun. Los cuatro de arriba se comprometieron a dar una mano para recupersar la pelota. Saquemos a Messi. Agüero, Higuaín y Di María se comprometieron a ayudar a los volantes cuando la pelota la tenga el rival, así el rival sea Irán. No lo cumplieron en estos dos partidos. Y jamás hay que subestimar. Cuando Irán recuperó la pelota y salió rápido hacia Romero, Argentina no pudo sacarle la pelota. El conjunto, el “grupo”, el esquema, expuso a un futbolista importante como Zabaleta aperder una y otra vez un mano a mano con un volante iraní que juega en España. Y el punta — Reza–, jugador del Charlton inglés, le cabeceó a Romero a bocajarro, desde un lugar inadmisible.

Un equipo importante como Argentina debe tener armado y aceitado un sistema defensivo, algún recurso colectivo para recuperar la pelota lo más arriba posible. Los nuestros no lo tienen. Los rivales pasan por la mitad de la cancha argentina como si nada fuera. Lo hizo Bosnia en su gol y lo hizo Irán muchas veces. No entro en la comparación tipo “el día que nos toque Alemania…” porque todos los partidos son distintos. De hecho, Argentina ganó sus dos partidos y Alemania no, Brasil y Bélgica tampoco. Acá se analiza otra cosa.

Desde los medios argentinos más influyentes se vomitó durante toda la semana que el 4.3.3 era la fórmula del oro. Bueno, no lo es. Necesita demasiados ingredientes que, hoy, el plantel no tiene. Y, sobre todo, de los dos conceptos básicos que tiene este juego –ataque y defensa– este equipo descarta uno (defensa) y hace mal el otro (ataque). No se puede aspirar a cosas importantes sin defenderse medianamente bien. No todos los días nos va a salvar Romero atrás o Messi encontrará un segundo de inspiración para clavarla en el ángulo. Hay que hacer un equipo con equilibrio, con solidaridad, en el que Gago o Mascherano sepan que están respaldados por compañeros que vuelven o que se instalan a su lado para sacarle la pelota al rival. Hay que hacer un equipo en el que a Higuaín le den tres o cuatro pelotas de gol, no una y exigida, como ayer. Hay que hacer un equipo que no permita que cualquier rival se de el lujo de poner dos jugadores en ataque contra un defensor nuestro después de atravesar 60 metros con pelota dominada, sin que uno de camiseta celeste y blanca siquiera intente sacarle la pelota.

Es extraño que un equipo dirigido por un tipo tan cerebral como Alejandro Sabella esté en este estado. Es duro ver al DT dudar porque eso significa que las respuestas individuales están en un nivel de pobreza alarmante.

A esta altura del Mundial y ya clasificados para Octavos, deberíamos pensar en desoír a la prensa y empezar a probar otras cosas. Así como está formado, con esos rendimientos y ese funcionamiento, no podemos seguir. Argentina es un equipo desquiciado, desordenado, desequilibrado. Se convirtió en un equipo débil, sin recursos, con escasa capacidad de poseer la pelota y de cambiar el ritmo a la hora de resolver la jugada, fácil de neutralizar.

El golazo de Messi sobre la hora es un guiño de los dioses del fútbol. Hay que aprovecharlo para mejorar. Tenemos recursos. Hay que utilizarlos mejor que hasta ahora.

 

 

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