BRASIL SÓLO HABLA DE GANAR EL MUNDIAL

Río de Janeiro es la ciudad más promocionada del mundo. Cuando uno anda por otra tierras, algunas muy lejanas, lo único que se conoce de estos lares es “Ríou” o “Rió”. Los brasileños son cracks en fútbol y, por supuesto, en relaciones públicas. En todas partes saben lo que es el bossanova, quién es Giberto Gil, Copacabana, Ipanema (“Garota de Ipanema”), el Copacabana Palace, la Rocinha, el Maracaná, Flamengo, Fluminense, Botafogo, el Carnaval Carioca, “Cidade Maravilhosa”, Sergio Mendes…Se vienen los Juegos Olímpicos en 2016 y toda la zona de Barra da Tijuca está en construcción.
Justamente, Río está expandiéndose hacia Barra, acaso porque en Copacabana, Ipanema y Leblón ya no quedan resquicios en donde meterse o hacer base. En Barra da Tijuca, se piensa en el futuro. Y a esos condominios tan pero tan estadounidenses que crecen sin parar a los costados de la avenida Embaixador Abelardo Bueno (puede ser una señal de progreso o una “burbuja inmobiliaria”, el tiempo dirá), se suman las obras de la Villa Olímpica, en la zona de Jacarepaguá.
Sin llegar a ser el caos de Sao Paulo, Río tiene una respetable cantidad de habitantes y de autos por habitante, hecho que –como viene ocurriendo en Buenos Aires– obliga a pensar más en el transporte público que en un medio propio.
Pero nada de esto los aleja del fútbol. En esas largas filas de autos, cuando el calor aprieta como una prensa sobre las cabezas cariocas y llegar a casa se convierte en una necesidad física, hay una bandera verde y amarilla y el célebre “Ordem e progresso”. Y hay un garoto con la camiseta de Neymar o hay un comerciante que nos dice que Brasil va a ganar la Copa del Mundo porque son los mejores.

Hoy es un día de mucha lluvia aquí y, si bien arruinó los planes de algunos playeros, la verdad es que el agua fue tomada como bendita. Uno se da cuenta de que es invierno porque anochece tipo 17.30/18 y porque la fila interminable de autos cambia de sentido. Pero los 34 grados que el termómetro marcó ayer no tienen nada que ver con ningún invierno.
En medio de este horno, van llegando los equipos que van a jugar el Mundial. La Selección Brasileña está a 2 horas de viaje de lo más conocido de Río. Es la Granja Comary, un lugar de ensueño ubicado a 120 km de las playas famosas, por camino de montaña. Estuvo un tiempo cerrada, después de que Dunga se fuera de ahí harto de las mañas condiciones que el predio presentaba. Pero Luis Felipe Scolari pidió refacción y la refacción llegó. Hoy es un sitio increíble, rodeado de verde, con habitaciones seis estrellas y con campos de entrenamiento del mismo nivel que lo campos sobre los que se jugará el Mundial.

Sin embargo, ocurre algo extraño: gente que no había nacido en 1950 le pide a los futbolistas brasileños que van a jugar el Mundial 2014 (que, por supuesto, tampoco existían en el 50) que venguen aquella afrenta, que no están dispuestos a derramar más lágrimas de angustia en su propia casa, que aquel Maracaná de velorio no puede volver a ocurrir y que el “mais grande estadio do mundo” tiene que ser una fiesta, un carnaval interminable, un grito desesperado que ya lleva 64 años de espera. Los brasileños no se conforman con llegar a la final. “Tienen” que ganarla. Ninguna otra cosa sirve. Todo el resto será un fracaso estrepitoso, una condena eterna, una mochila llena de piedras que estos 23 futbolistas llevarán hasta el fin de sus días.
No se habla de otra cosa que de ganar. Esto es raro también. Históricamente, los brasileños hablaron del juego, lo estudiaron y lo jugaron mejor que los demás. Ahora no. Ahora el tema es ganar. Hay que ganar el Mundial como sea, del modo que sea. Nada importa más que levantar el pagaré de 1950, nada está antes que tapar la historia de Alcides Ghiggia y Obdulio Varela con otra historia mucho mejor, más acorde a lo que la camiseta canarinha hizo desde 1958 hasta acá.
El enigma es si Neymar y compañía podrán con este lastre tan pesado…

El-fútbol-pinta-las-calles-de-Brasil

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